lunes, 31 de agosto de 2026

Milei es producto del odio


La política del encono y la paradoja del subordinado


​Para que una sociedad elija a una figura como Javier Milei, no alcanza con la insatisfacción económica o el fracaso de los últimos gobiernos, hace falta un combustible más denso: el encono social. Como señalaba André Malraux, “No es que los pueblos tengan los gobiernos que se merecen, sino que la gente tiene los gobernantes que se le parecen”.

El voto a Milei no se explica únicamente por la frustración, el desencanto o el temor a un futuro incierto. Tampoco responde a convicciones ideológicas profundas. En su núcleo, es un voto impulsado por el odio y el rencor: una expresión sin responsabilidad ni principios por parte de un sector dispuesto a apoyar a una figura demoníaca sin el menor remordimiento ni sentido de culpa. Miran la realidad a través del prisma del resentimiento, aunque ese camino los conduzca a su propia destrucción; prefieren el cataclismo antes que dar su apoyo al adversario.


​«Sin embargo, hay que admitir las dos caras de la moneda: la sociedad exige un cambio profundo —no este modelo actual, pero sí una transformación real—.

Y hay que ser autocríticos: la dirigencia del campo nacional y popular no estuvo a la altura de entender, interpretar y representar ese mandato dentro de nuestros principios y doctrina.»


​Esta identificación se nutre de un discurso público caracterizado por la violencia verbal sistemática. A través de intervenciones mediáticas y redes sociales, la descalificación, el insulto soez, ecatologicos o sexual y la agresión constante hacia quien piensa distinto —se trate de opositores, periodistas, aliados o minorías— dejaron de ser exabruptos para convertirse en una narrativa de gobierno. La gravedad de esta conducta no radica solo en la erosión institucional que genera la máxima investidura del país, sino en la validación social que recibe cuando estos episodios son aplaudidos y naturalizados por sectores influyentes.


​Existe una marcada contradicción entre la apelación constante a lo sagrado —el uso de simbología mesiánica o referencias bíblicas— y una praxis caracterizada por la intolerancia, el sectarismo y la falta de empatía hacia los sectores vulnerable. Desde la perspectiva de la psicología social, este patrón de encanto superficial, manipulación estadística y ausencia de culpa encuentra rasgos compatibles con la instrumentalización política del conflicto extremo.

​Sin embargo, reducir este fenómeno a una cuestión individual sería superficial. Para los sectores de poder concentrado —el denominado "Círculo Rojo", acompañado por terminales judiciales y mediáticas—, la retórica presidencial funciona como un instrumento idóneo. Bajo la máxima de que "el fin justifica los medios", el diseño económico prioriza la concentración de ingresos y la desregulación en favor de pocos, postergando la soberanía nacional y el bienestar de las mayorías. El poder verdadero pretende "blindar" este modelo, buscando algún insaider como alternativa.


Lo verdaderamente complejo del fenómeno es su base de apoyo popular. Sectores desplazados por este mismo modelo adoptan posturas contrarias a sus propios intereses materiales, un comportamiento afín al concepto sociológico del «esclavo satisfecho»: la asimilación del discurso del opresor por parte del oprimido. El odio inoculado esta por encima de cualquier disernimiento o situacion personal. A través de dinámicas en redes sociales, algoritmos de polarización y marcos mediáticos antipopulistas, se ha moldeado una subjetividad que acepta y tolera la decadencia institucional, social y económica, además de la injerencia externa y la cesión de recursos estratégicos o territorio nacional, bajo la narrativa del orden, la inserción internacional y el sacrificio por un futuro promisorio que nunca llega.


En este contexto complejo, no se puede soslayar la actitud de los 

gobernadores, senadores y diputados que accedieron a sus bancas bajo la bandera del peronismo y como supuestos opositores a Milei, terminan abrazando el "marxismo"... pero el de Groucho Marx: «Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros». Transformados en el paradigma de la traición, habitan su propia versión de la Antenora dantesca.


​El aspecto más crítico de este escenario es la deriva autoritaria de la retórica oficial. Al encuadrar la protesta social bajo la Ley Antiterrorista y calificar de "terroristas disfrazados" a estudiantes, docentes o investigadores, se abre un precedente sumamente peligroso. La equiparación del disenso democrático con una amenaza a la seguridad nacional evoca las doctrinas más oscuras de nuestra historia reciente.

El riesgo institucional es claro, más aun al observar antecedentes internacionales de resistencia a los procesos democráticos como los de Jair Bolsonaro o Donald Trump.

No es menor que durante el acto en conmemoración de la muerte del General José de San Martín, Milei afirme:

​"Defender la libertad que nos legó nuestro General es también "defender nuestras ideas y nuestros valores contra aquellos que intentan socavarlos". Y un pueblo libre también "requiere de fuerzas de seguridad capacitadas y provistas de las herramientas necesarias para proteger lo más preciado que tenemos", pues el mal existe y "quienes eligen ese camino deben ser sometidos por la fuerza". Vamos a dar la batalla por la libertad allá donde sea necesario, "sin importar el costo..."

​Resulta alarmante que el Presidente pretenda equipararse con San Martín y su gesta libertadora, cuando su praxis política fomenta la dependencia externa. Cómo así también, es profundamente peligroso que una persona con evidente inestabilidad emocional catalogue arbitrariamente a sus opositores como terroristas y amenace con "someterlos mediante las fuerzas de seguridad" para defender su visión particular de "libertad, orden y prosperidad".


Daniel Fernández 

Agosto 2026

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