miércoles, 3 de junio de 2026

NADIE SE SALVA SOLO

Ya se que estamos en épocas individualistas dónde a nadie le interesa lo que piensa el otro y no leen mas de 120 carácteres, pero me atrevo a dejarles estás reflexiones de:
Enrique Dussel, el fundador de la ‘Filosofía de la Liberación’ que dirigió Morena
El filósofo argentino naturalizado mexicano revolucionó la forma en la que se estudian los fenómenos políticos y sociales de toda América Latina.
ESPERO QUE SE ATREVAN A LEERLO. 
«El héroe solitario no te va a liberar»

Así lo advierte el pensador Enrique Dussel después de décadas de filosofía de la liberación. El cambio real ocurre cuando la comunidad recupera la palabra, el pincel y la decisión.

Por Redacción Nota Antropológica 

Un grupo de muralistas llegó a una comunidad autónoma en Chiapas. Traían pinceles, técnica y años de formación, pero la comunidad miró los murales y no entendió nada. “Solo ellos sabían lo que iban a mostrar”, dijeron después. Entonces optaron por tomar el asunto en sus manos y les pidieron a los artistas que pintaran junto con ellos. Que escucharan y que obedecieran. Hoy, en esa región zapatista, el pueblo decide qué se pinta, cómo se pinta y para qué.

El pensador argentino-mexicano Enrique Dussel recupera esta escena en su libro Siete ensayos de filosofía de la liberación y con ella se pregunta ¿Quién libera a quién? ¿El líder iluminado que rompe las cadenas? ¿La clase obrera organizada en las fábricas? ¿El pueblo entendido como una masa uniforme? ¿O acaso los movimientos sociales que hoy habitan los territorios, las calles y las memorias?

Dussel reconoce que existe un momento en que una figura valiente encarna la rebeldía, lo llama la segunda configuración de la política. Allí aparecen Miguel Hidalgo, el Che Guevara, los comandantes zapatistas en 1994. Es el instante de la ruptura. El instante en que alguien dice “basta” y otros lo siguen, pero el filósofo también advierte que ese heroísmo es apenas un comienzo, no un destino. Sin una comunidad que lo sostenga, sin una organización que lo critique, el mesías puede terminar convertido en lo mismo que combatió. El poder absoluto fetichiza y corrompe. Incluso el poder revolucionario.

Por otra parte, la tradición marxista sostuvo durante más de un siglo que la clase obrera industrial era el motor de la historia. Dussel no descarta esa herencia, pero señala que hay algo que no ve y es que el trabajador asalariado no aparece de la nada. Antes de ser clase, ha sido pobre. Es el campesino que llegó a la ciudad sin nada que vender más que su propio cuerpo. Es el migrante excluidoz es el “pobre antes de la fiesta del capital”. Allí, en esa exterioridad, en ese lugar de desposesión, se encuentra el origen ético de la liberación. No en la fábrica. En la vida que el capital subsume y exprime.

Dussel señala que en el capitalismo global, los obreros de los países ricos suelen beneficiarse de la explotación de los obreros del Sur. Si un trabajador alemán o estadounidense rechaza al migrante pobre, estaría actuando en contra de su propio interés de clase. En este caso el “proletarios del mundo, uníos” se vuelve un eslogan, no es que estén unidos y se vuelve cada vez más difícil de realizar.

Entonces, ¿quién queda? Dussel propone una categoría que durante décadas fue despreciada por las ciencias sociales más exigentes. El pueblo. Pero no un pueblo romántico ni homogéneo. El filósofo rescata este concepto y lo somete define con precisión. El pueblo, explica, es un concepto analógico. Esto significa que tiene una zona de semejanza, pero también múltiples distinciones internas. En lenguaje cotidiano: todos los de abajo se parecen en algo, pero no son idénticos. No es lo mismo un campesino mapuche que una mujer afrocolombiana desempleada. No es lo mismo un migrante haitiano que una maestra rural en Oaxaca.

Dussel ha distinguido cuatro maneras de entender al pueblo. La primera es la más amplia. El pueblo como el conjunto de habitantes de un territorio. Es la definición que usan los Estados y los censos. Pero esa versión, advierte, no es crítica. Puede ocultar las contradicciones internas. La segunda es la que interesa a la liberación. El pueblo como el bloque social de los oprimidos. Allí entran los que sufren desempleo, falta de tierra, educación precaria, salud negada. Es la definición que usaba Fidel Castro enumerando a los 600 mil desempleados, los 400 mil campesinos sin tierra, los 30 mil maestros mal pagados. Ese pueblo no es una abstracción. Tiene hambre. Tiene historia.

La tercera distinción es quizás la más importante. Dussel habla del pueblo como exterioridad creadora. No solo como víctima dentro del sistema. Sino como aquello que el sistema no ha logrado capturar del todo. Las lenguas originarias que persisten. Los rituales comunitarios que el mercado no ha disuelto. Las memorias de resistencia que viajan de abuelos a nietos. Esa reserva cultural y estratégica, esa potencia que no se agota en la denuncia, es la que permite imaginar y construir otro mundo. La comunidad zapatista que decide qué pintar en sus murales está ejerciendo esa potencia. No está pidiendo permiso. Está creando.

La cuarta acepción, en cambio, es defectiva. Dussel llama populismo a esa versión del pueblo que sirve para manipular mayorías sin participación real. Si un líder carismático habla en nombre del pueblo pero no escucha al pueblo, probablemente esté cayendo en esa trampa. Ese riesgo acecha a cualquier proyecto que no construya mecanismos horizontales de decisión.

¿Cómo se organiza este pueblo analógico? Dussel no lo imagina como una masa uniforme ni como una suma de individuos aislados. Apuesta por los movimientos sociales. El movimiento feminista, el ecologista, el de los pueblos originarios, el de los desempleados, el de los afrodescendientes. Cada uno tiene su propia lucha, su propio ritmo, su propio lenguaje. Pero pueden articularse. Pueden estar traduciendo sus necesidades entre sí. Pueden construir una hegemonía desde abajo. No una hegemonía de dominación. Una de diálogo y de poder obediencial.

El poder obediencial, acuñado por el zapatismo y adoptado por Evo Morales en Bolivia, funciona así: quienes mandan, mandan obedeciendo. No es una frase bonita. Es una inversión de la lógica tradicional. El poder no reside en el gobernante. Reside en la comunidad. El representante no es un jefe. Es alguien que cumple órdenes y si no las cumple, probablemente la comunidad lo retire.

¿Y el héroe? ¿Y el individuo que imaginó Kant? Dussel le asigna un lugar secundario pero necesario. El héroe podría ser el que mejor escucha el latido de su pueblo. El que sabe interpretar lo que la comunidad quiere pero aún no ha podido expresar. El artista genial, dice Dussel, no es el que inventa de la nada. Es el que ha oído el canto popular y lo ha llevado a su máxima expresión. Beethoven probablemente no habría compuesto el Himno a la Alegría si no hubiera escuchado a los campesinos alemanes festejando la vendimia. El genio obedece al espíritu colectivo. Lo lleva a su punto más alto, pero la fuente sigue siendo el pueblo.

Este debate no ha ocurrido solo en los libros. Ocurre hoy en las calles de Bogotá, en las asambleas mapuche, en las ollas comunes de Argentina, en las marchas feministas de Chile, en los territorios indígenas de Brasil. Ocurre cada vez que una comunidad decide que sus murales los pintará ella misma. Ocurre cuando un sindicato elige no aliarse con el capital extractivista. Ocurre cuando un movimiento ecologista se reconoce en la lucha de un movimiento de mujeres.

Dussel propone una arquitectónica de tres tiempos, en la que en un primer momento, el orden vigente se muestra como totalidad dominadora. Allí el pueblo es apenas población, número, estadística. En un segundo momento, la ruptura, donde aparecen los héroes, los mesiánicos, los que dicen no. Es el momento del grito. Pero luego viene un tercer momento. El más difícil. El de la construcción. Allí no basta la negativa. Hay que crear instituciones. Hay que diseñar políticas. Hay que gobernar obedeciendo y allí, el pueblo deja de ser solo multitud y se convierte en potencia creadora.

Muchos movimientos podrían haberse quedado atrapados en la segunda configuración. Critican, denuncian, rompen, pero no construyen. Otros, en cambio, nunca han salido de la primera. Aceptan el orden y solo piden reformas. La política de la liberación, en cambio, requiere atravesar las tres etapas y en cada una, el sujeto cambia. El héroe de la ruptura no es el mismo que el arquitecto del nuevo orden. El partido de vanguardia no es el mismo que la asamblea comunitaria.

Si llegaste hasta este punto de la nota cuéntame en los comentarios en tu caso ¿En qué momento del proceso te encuentras? ¿Sigues esperando que alguien venga a liberarte, o ya formas parte de ese nosotros que decide qué pintar en sus propios muros? Te leo en los comentarios. 

Fuente: Dussel, E. (2020). Siete ensayos de filosofía de la liberación. Madrid: Trotta. (Capítulos 1 y 4)

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NADIE SE SALVA SOLO

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