miércoles, 7 de octubre de 2026

Pobreza: La grieta entre la planilla de Excel y el barro

 ​«El día que la mierda tenga algún valor, los pobres nacerán sin culo».

— Gabriel García Márquez



​I. El territorio no miente


​Las estadísticas oficiales chocan de frente contra la calle. En las últimas semanas, tras la publicación de los nuevos datos del INDEC, la pobreza volvió a instalarse en la agenda mediática; para muchos, abordada con la indolencia de quien analiza números ajenos.


​Para quienes convivimos a diario con esta realidad en un barrio del Conurbano, no hay novedad alguna: solo la constatación de un deterioro vertiginoso. Es una imagen que evoca los peores momentos de fines de los 90 y principios de los 2000, pero con una degradación social aún más profunda. Familias enteras en situación de calle, gente revolviendo bolsas de basura para engañar al estómago y, lo más desgarrador, una marea de jóvenes arruinados por el consumo problemático. Chicos con trayectorias educativas y laborales truncas, atrapados en un presente continuo, asfixiante y sin horizonte de ascenso social. Se cayeron del mapa: nadie lo previene ni lo contiene, solo se los estigmatiza. Hay quienes muestran más empatía por un animal abandonado que por este naufragio humano.


​Si ante este escenario todavía repetís que «el pobre es pobre porque quiere», no lo dudes: sos parte del problema.


​II. La ilusión de las cifras y el «enfoque multidimensional»


​Mientras la crisis se palpa en el barro, desde las cúpulas del poder político nos comunican estadísticas fantásticas. Viven en una burbuja insular. Nos exigen sacrificios que jamás comparten, prometiendo un paraíso que, tras cada fracaso, se aleja un poco más. La culpa, por supuesto, siempre es del sacrificado.


​La pobreza no es solo una cuestión de caja; reducir la vida a la línea de ingresos es una trampa. Como señala el investigador Andrés Schipani (Pobreza. La grieta que importa), “Tenemos una familia compuesta por una pareja, con dos hijos, en la que uno de los adultos pasó de un empleo a otro y su salario subió el 10 por ciento. Eso, combinado con el ingreso del otro adulto, coloca a la familia por arriba de la línea de pobreza según las mediciones de un determinado momento. Para las noticias, esa familia salió de la pobreza. Pero esa familia que vive en Villa Itatí sigue viviendo en la misma casa de chapa que se inunda cuando llueve, sin acceso a gas ni a cloacas. Los hijos siguen yendo a la misma escuela que se cae a pedazos y la familia tiene que recorrer calles de tierra que cuando llueve se inundan. El pavimento no es menor, es el conector entre el adentro y el afuera. Permite que entren el patrullero y la ambulancia. Es mucho más que asfalto. Esa familia, además, sigue teniendo acceso a servicios de salud deficientes. Entonces, decir que sacaste a esa familia de la pobreza es, como mínimo, una exageración”, describe.


 “Lo que cambian las trayectorias de las personas no son las transferencias de ingresos sino las políticas de inversión en capital humano. Son las políticas de educación y de salud para que los niños puedan desarrollar capacidades cognitivas en los primeros años, alimentarse bien, para que en el futuro puedan tener habilidades para un trabajo de calidad. Esas son las herramientas de política social que te permiten cambiar la trayectoria de vida de las familias más humildes”.


Decir que esa familia dejó de ser pobre es, como mínimo, un dibujo contable.


​Según datos de UNICEF Argentina, más del 40% de los niños, niñas y adolescentes del país viven en hogares pobres. Un punto más o menos de inflación no cambia estructuralmente su destino si no existen políticas públicas dirigidas a la inversión en capital humano: nutrición en la primera infancia, educación de calidad y acceso real a la salud.


III. Anatomía del modelo y la insensibilidad social


​La pobreza material no brota del vacío: requiere de una profunda pobreza ética y cultural que valide la exclusión. Pobreza no es solo no tener plata; pobreza es no poder curarse, no tener agua, ver morir a un hijo por enfermedades evitables y sentir cómo la angustia destruye la autoestima.


​Este escenario no se resuelve con caridad ni con consignas de libre mercado. Las políticas de ajuste, apertura indiscriminada y desregulación han demostrado un patrón claro:


​Cierre de PyMEs y desempleo: El desplome de la actividad económica presiona los salarios a la baja. La precariedad laboral pasa a ser la nueva norma.


​Precios liberados, salarios fijos: Se desregulan las tarifas, la salud y la educación mientras los ingresos se estancan. Caemos en la paradoja de un país agroexportador y energético donde la gente no puede pagar la carne, el pan ni los servicios básicos, y debe endeudarse para comprar alimentos y medicamentos.


​La falacia del derrame: La riqueza generada por los sectores concentrados no derrama ni crea empleo masivo. A los sectores populares jamás les llega una gota.


​Entretanto, un 20% de la población que aún preserva su capacidad de consumo contempla la escena con indiferencia e hipocresía, convencida de que el resto «no trabaja porque no quiere».


​IV. La degradación política y la salida necesaria


​​El mundo en general, y la Argentina en particular, experimentan una marcada espiral descendente en sus valores éticos, morales y humanos. En nuestro país, la figura de Javier Milei funciona como el principal símbolo de esta degradación cultural; sin embargo, no constituye necesariamente el límite de dicho deterioro. El aspecto más complejo de este fenómeno no reside únicamente en su liderazgo, sino en la amplia base social que se reconoce en su discurso, lo sostiene y lo valida en las urnas.


El tratamiento de la pobreza por parte del Poder Ejecutivo exhibe una liviandad preocupante: ​La devaluación inicial:  Desconocen que en diciembre de 2023, la devaluación del 54% y el posterior salto inflacionario dispararon la pobreza al 52,9% en el primer semestre de 2024 (frente al 41,7% heredado).


​El dibujo estadístico: Promover un discurso triunfalista que afirma haber «sacado a millones de personas de la pobreza» de un mes a otro mediante el malabarismo numérico resulta, como mínimo, poco serio e irrespetuoso ante el dolor social.


​Argentina está al borde del abismo. Para revertir este colapso, la discusión no pasa por el dogma sesgado de «más Estado» o «menos Estado», sino por la construcción urgente de un Mejor Estado, eficiente y eficaz: uno con la capacidad de garantizar derechos básicos, transformar el sistema productivo-socioeconomico y devolverle la dignidad a su pueblo.


Daniel Fernández 

Octubre 2026



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