La cultura del monólogo
A medida que pasa el tiempo, confirmo con mayor certeza que atravesamos una época despiadadamente individualista, en la que la ansiedad y el vértigo nos consumen. Vivimos en un entorno donde a casi nadie le interesa la opinión o el pensamiento ajeno; un mundo acelerado donde la gente no se molesta en leer más de 120 caracteres, una apatía que se agudiza especialmente en aquellos que dicen ser nuestros representantes.
En las redes sociales, lejos de consolidarse como espacios de debate público donde convivan el disenso y la coincidencia desde el respeto mutuo, se han transformado con frecuencia en escenarios de hostilidad, polarización y descalificación del otro. En gran medida, este fenómeno se ve potenciado por el anonimato que facilitan las plataformas, el cual diluye la responsabilidad individual. El objetivo imperante parece ser la imposición de la postura propia a cualquier costo, ignorando sistemáticamente los argumentos ajenos y anulando la posibilidad de un diálogo genuino.
Asimismo, la dinámica actual premia la búsqueda frenética de seguidores mediante contenidos banales y de escaso valor intelectual. Aunque una gran parte de los usuarios utiliza estos medios para mantenerse informados, la proliferación de noticias falsas y la manipulación de la verdad son una constante. Curiosamente, una de las señales más evidentes para detectar la falsedad de un discurso es el tono con el que se presenta: cuando una afirmación carece de fundamentos sólidos, suele escudarse detrás de la agresión, el insulto y la deshumanización del interlocutor.
Además, los algoritmos direccionan la información, creando un único punto de vista, empático con el que lo consume.
Luego de sucesivos fracasos electorales y de gestión, algunos dirigentes ensayan hoy un discurso de autocrítica y exclaman la necesidad de «volver a escuchar al pueblo». Sin embargo, la esencia del político tradicional a menudo los traiciona: cuando están frente a frente con la ciudadanía, aflora una soberbia estructural. No cesan de hablar, de monopolizar la palabra y de exigir que se valoren exclusivamente sus ideas, opiniones y proyectos. En ese ejercicio de egocentrismo, ignoran por completo el pensamiento ajeno. Olvidan que la escucha auténtica debe ocurrir de manera constante, y no como un recurso de emergencia antes de que el descontento se exprese con contundencia en las urnas.
Por lo general, la dirigencia política solo simula permeabilidad en tiempos de campaña. Es entonces cuando pretenden valorar la opinión pública, endulzando el ego y el oído del electorado con el único fin de asegurar el voto. La cruda realidad es que oyen por conveniencia instrumental; el trasfondo de sus decisiones permanece ajeno a las demandas ciudadanas. De hecho, parece operar una regla de proporcionalidad inversa: a mayor cuota de poder, menor es la capacidad de escucha. Una vez consolidados en sus cargos, la autocomplacencia nubla su juicio, volviéndolos impermeables a visiones alternativas. Esta desconexión sistemática explica por qué el ciudadano común ha caído en una profunda apatía democrática, sintiéndose crónicamente frustrado y traicionado por quienes deberían representarlo.
Se necesita coraje para pararse y hablar, pero se necesita mucho más valor para sentarse y escuchar.
Callar es el principio y el fin de la verdadera comunicación. Mientras uno habla, es imposible incorporar nuevos conceptos y, además, se interrumpe el hilo argumental del interlocutor.
Por todo esto, lamentablemente, estamos como estamos como sociedad y como país. Y es bajo este escenario de desconexión y degradación del debate que terminamos teniendo a un desquiciado y mediocre como Milei en el gobierno.
“No es que los pueblos tengan los gobiernos que se merecen, sino que la gente tiene los gobernantes que se le parecen”. André Malraux
Daniel Fernández
Junio 2026

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